Después de 4 años como miembro del Colegio de Traductores e Intérpretes de Chile (COTICH), he presentado mi renuncia voluntaria a esta organización. Esta no es una decisión que haya tomado a la ligera; muy por el contrario, tardé meses en finalmente decir “es hora”. No obstante, llegó el momento de aceptar que entre el COTICH y yo hay importantes diferencias de opinión con respecto a qué es y qué debería hacer (y cómo) una asociación gremial que busca proteger los derechos de sus socios. Desde esta perspectiva, tenemos objetivos distintos y, en algunos temas puntuales, diferencias irreconciliables

Les deseo de todo corazón la mejor de las suertes en su trabajo gremial y que alcancen los objetivos que se han propuesto.

Desde hace un tiempo, los traductores (y también los intérpretes) hemos estado siendo blanco de intentos de estafa a través de internet. El siguiente es uno de los más comunes:

El traductor recibe un correo electrónico con un documento adjunto que el “potencial cliente” necesita traducir. Una vez establecidos los honorarios, el “cliente” envía al traductor un CHEQUE por un monto total superior al acordado  (por ejemplo, si se acordó que el trabajo costaría U$500, el traductor recibe un cheque por U$1.000). Luego, el “cliente” le escribe al traductor para explicarle que ha habido un error y que por favor se le transfiera la diferencia a XX cuenta bancaria.

Como los cheques internacionales tardan aproximadamente 1 semana en verificarse, el traductor no se entera de que el cheque recibido no tiene fondos hasta después de haber desembolsado la diferencia.

Algunos signos de alerta pueden ser:
- El “cliente” ofrece espontáneamente pagar por adelantado… con un cheque
- El correo no contiene información real del cliente
- El correo se ha enviado desde una cuenta gratis (yahoo, hotmail u otra)
- Sumado a lo anterior, ¿les aceptaron inmediatamente sus honorarios, sin siquiera intentar negociar?

(Ni conceptos relacionados)

Navegando por internet en un rato de ocio, encontré esta historia, que me pareció interesantísima. Después de leerla, ingresé a Wikipedia para averiguar un poco más sobre Stanislav Petrov, y me encontré con la siguiente delicia “traductoril”:

“Estaba simplemente haciendo mi trabajo y fui la persona correcta en el momento apropiado, eso es todo. Mi última esposa estuvo diez años sin saber nada del asunto. ‘¿Pero qué hiciste?’, me preguntó. ‘No hice nada’”. (Fuente: Wikipedia)

Sabía que el incidente aludido ocurrió en 1983 y que la esposa del Sr. Petrov (ignoro si sería su primera, segunda o décima esposa, pues ignoro cuántas veces se ha casado) falleció hace unos años. Por lo tanto, esta información despertó mis sospechas y me llevó a buscar el original en inglés. Tal como supuse, estamos ante un error de traducción garrafal, dado que la cita es:

“I was simply doing my job, and I was the right person at the right time, that’s all. My late wife for 10 years knew nothing about it. ‘So what did you do?’ she asked me. I did nothing.”

Título: Bad Blood: The Tuskegee Syphilis Experiment
Autor: James H. Jones
Año: 1993

Entre los años 1932 y 1972, el Gobierno de EE.UU. condujo un estudio en 400 hombres de raza negra infectados con sífilis, en Tuskegee, Alabama. El objetivo de este estudio no fue terapéutico, sino todo lo contrario: tenía por objeto registrar cómo evoluciona la sífilis no tratada en hombres negros.

Además del evidente tinte racista de la premisa implícita (“la sífilis debe de afectar a los negros de manera diferente que a los blancos”), los 40 años que duró el estudio estuvieron plagados de prácticas no sólo reñidas con la ética, sino que radicalmente opuestas a ella: a los “sujetos” (“víctimas”, diría yo) nunca se les informó que tenían sífilis (se les dijo simplemente que tenían “sangre mala” [bad blood - de ahí el título de este libro]), no se les advirtió del daño que su enfermedad podría causarles, no se les brindó ningún tratamiento antisifilítico aun cuando siempre lo hubo  (al principio del experimento, se usaba arsfenamina), al punto de ocultárseles el descubrimiento de la penicilina, que empezó a utilizarse en la década de 1940 para tratar esta enfermedad, entre muchas otras cosas (agranden la imagen de la carta que se envió a los sujetos para invitarlos a participar).

En más de una ocasión me han contactado para pedirme traducciones que he debido rechazar. Decirle a un potencial cliente “lo siento, pero no puedo aceptar este trabajo” es difícil, sobre todo si nos contactan justo en un momento en que el trabajo ha escaseado y tememos que la situación se nos torne complicada. No obstante, considero imprescindible (y a la larga, beneficioso) tener el valor y el criterio para decir “no” en ciertas circunstancias. En mi caso, algunas de estas circunstancias son:

1. Si el área temática del documento que me piden traducir está fuera de mis áreas de competencia. Con frecuencia me piden que traduzca contratos, a lo que rápidamente respondo con un correo de agradecimiento por el interés en mis servicios y explico que no conozco el área ni la terminología legal, razón por la cual sería irresponsable de mi parte aceptar el trabajo y prometer un buen resultado. También suelo dar el correo de colegas que efectivamente se dedican a esta área.

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