Que la mayoría de las personas tiene escaso dominio de las normas ortográficas que rigen nuestro idioma no es secreto para nadie. Para comprobarlo, basta navegar por los cientos de foros abiertos que existen en internet (reclamos.cl es un excelente ejemplo) e incluso uno que otro medio de comunicación escrito “formal”.

Aunque muchos atribuyen este lamentable hecho a la aparición de la mensajería instantánea (el famoso “chat” -o xat, como está de moda escribirlo), me parece interesante señalar que 30 años atrás ya había quienes manifestaban una profunda preocupación por esta masacre cultural.

Ya en 1976, Fernando Lázaro Carreter escribió:

“. . . [El problema de las faltas de ortografía] es un defecto tan generalizado que analizar los resultados en un pequeño grupo minimizaría el problema. (. . .)  Se ha producido, efectivamente, una distensión en la exigencia individual y social en este punto, y estamos alcanzando un ápice de incultura ortográfica difícilmente superable”.*

terceraEs por esto que ayer leí con gran dolor sobre los resultados de la evaluación Inicia, aplicada a estudiantes de último año de Pedagogía y a recién titulados de esta carrera. Me aterra saber que quienes están o estarán encargados de formar a las próximas generaciones de Chile obtuvieron miserables 2 puntos de 5 en las áreas de ortografía y vocabulario.

Indudablemente, más de alguien se excusará diciendo que los profesores de Matemáticas o Ciencias no tienen por qué ser expertos en el área de Lenguaje, y que la tarea de enseñar nuestro idioma compete exclusivamente a profesores del ramo. Permítanme señalar que discrepo en un 100% con tal afirmación. ¿Realmente puede considerarse aceptable que la educación de nuestros hijos quede en manos de personas que ni siquiera manejan su propio idioma? Y no me salgan con “ay, filo, si después lo revisa el corrector de Word”.

Nunca debemos olvidar que, en la mayoría de los casos, los referentes más importantes y válidos a ojos de un niño pequeño son sus padres y sus profesores. ¿Cómo le explicamos a un niño de 6 años que la palabra “lápis” está mal escrita, aunque la haya copiado directamente del pizarrón? ¿Cómo enfrentar la situación si ésta se torna repetitiva, y vemos que nuestros hijos cometen aberraciones ortográficas una y otra vez debido a la mala ortografía de quien debiera estarles enseñando?

Dejo otra cita de Lázaro Carreter para reflexionar:

“El descrédito social que se seguía en tiempos no muy lejanos para quien cometía faltas [de ortografía], se ha trocado hoy en indiferencia. Hasta dentro del sistema educativo han perdido importancia: muchos profesores piensan -hay honrosas excepciones- que la instrucción ortográfica, la corrección y, en su caso, la sanción de los errores son de incumbencia exclusiva de quien enseña español, y que las equivocaciones cometidas al escribir de otras disciplinas no son valorables. Olvidan una máxima que deberían grabar en su responsabilidad de enseñantes, y es la de que todo profesor que enseña en español es un profesor de español”.**

Repito: “Todo profesor que enseña en español es un profesor de español“.

* Lázaro Carreter, Fernando. “De ortografía”. El dardo en la palabra. 1a ed. Barcelona: Random House Mondadori, S.A., 2003. 116-118.
** Lázaro Carreter, Fernando. “Ortografía y rigor”. El dardo en la palabra. 1a ed. Barcelona: Random House Mondadori, S.A., 2003. 121-123.
- Imagen extraída de La Tercera, miércoles 1 de abril de 2009

One Response to “Profesores y ortografía”

  1. Estando de acuerdo en la mayoría, hay que tener cuidado con demonizar al corrector ortográfico.
    Gran parte de la habilidad para detectar errores ortográficos depende del reconocimiento automático de la palabra, que depende del canal léxico. Esto se ratifica cuando tenemos dudas como escribir una palabra: la escribimos de distintas formas y elegimos aquella que “sentimos” más adecuada. Esto se logra, generalmente, a través de un alto nivel de lectura.
    El corrector ortográfico permite que cualquier palabra mal escrita sea detectada rápidamente, evitando que el patrón erróneo permanezca en el tiempo.

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