Confieso que siento que los ojos me sangran cada vez que veo errores ortográficos, sin importar el medio donde los encuentre. Como asidua a las redes sociales, especialmente Twitter y Facebook, huelga decir que siento mis ojos sangrar varias veces al día, dado que al tratarse de medios informales de comunicación, el proceso de edición en ellos suele ser escaso o nulo. (Ídem para los blog o bitácoras, salvo que sean canales de comunicación oficiales de alguna institución.)
Esto me genera un impulso difícil de controlar, cuya intensidad es mayor mientras más horrorosa (percepción subjetiva, desde luego) es la falta: corregir la ortografía de los demás. Pero me lo aguanto. Empuño las manos, me muerdo los labios, y paso de largo sin comentar al respecto.
“¿Por qué?”, se preguntará usted. Simple: considero que NO me corresponde. Soy traductora, sí. Amo mi idioma, sí (y sufro cuando siento que lo están masacrando). Pero me parece que corregir el español de otros cuando NO me lo han pedido es tan irrespetuoso como que un amigo psicólogo me dé un diagnóstico de personalidad sin que yo se lo pida, especialmente si estamos teniendo una conversación informal. O, en buen chileno: DESUBICADO. De hacer correcciones no solicitadas en público, ni hablar. La persona de la imagen, por ejemplo, bien pudo responder “Te aviso que ‘por qué’ lleva tilde cuando es interrogativo”, pero se abstuvo.



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